El 2 de julio de 1937, a las diez de la mañana, un joven empleado de una aerolínea levantó su cámara frente a la pista de Lae, en Nueva Guinea.
Su nombre era Alan Bourne.
Frente a él, un Lockheed Electra plateado comenzó a acelerar con tanta dificultad que durante algunos segundos pareció que nunca conseguiría abandonar el suelo.
El avión estaba cargado con una cantidad extraordinaria de combustible. Necesitaba volar más de cuatro mil kilómetros sobre el Pacífico y encontrar una isla tan pequeña que, desde el aire, podía confundirse con una línea blanca sobre el océano.
Bourne presionó el obturador.
Dentro de la cabina se encontraba Amelia Earhart, la aviadora más famosa del planeta.
Ya había recorrido alrededor de 22,000 millas en su intento por dar la vuelta al mundo. Solo faltaban 7,000.
El Electra consiguió elevarse pocos metros antes de que la pista terminara frente al mar.
Nadie lo sabía todavía, pero aquella sería la última fotografía clara del avión.
Y debajo de su fuselaje, oculta en un detalle que nadie observó durante más de seis décadas, podía encontrarse la primera explicación de lo que estaba a punto de ocurrir.
Amelia Earhart desaparecería al día siguiente.
Su cuerpo jamás sería encontrado.
Su avión tampoco.
La operación organizada para localizarla se convirtió en la búsqueda aérea y naval más grande y costosa emprendida por Estados Unidos hasta ese momento.
No encontró nada.
Pero el misterio no quedó únicamente en el océano.
También quedó atrapado dentro de varias fotografías.
Una antena que desaparece antes del despegue.
Una forma diminuta sobresaliendo de un arrecife.
Dos figuras inmóviles en un muelle japonés.
Y un objeto enterrado bajo el agua que aparece y desaparece con el paso de los años.
Por separado, ninguna imagen demuestra qué ocurrió.
Pero juntas cuentan una historia inquietante.
La historia de una mujer que quizá sobrevivió al aterrizaje… y murió esperando un rescate que pasó sobre ella sin verla.
Sesenta y dos años después del despegue, el especialista forense Jeff Glickman examinó la fotografía tomada por Bourne.
No buscaba el rostro de Amelia.
Observaba la parte inferior del Electra.
Allí debían aparecer dos pequeños mástiles correspondientes a las antenas de radio. Sin embargo, en la imagen final no había nada.
Una filmación del mismo despegue reveló algo todavía más extraño.
Cuando el avión comenzó a avanzar, los mástiles continuaban en su lugar.
Segundos después, cuando pasó frente a la cámara, habían desaparecido.
Al revisar la grabación cuadro por cuadro, los investigadores observaron una pequeña nube de polvo levantándose detrás del fuselaje.
Creen que en ese instante una de las antenas golpeó la pista y fue arrancada.
Nadie en tierra pareció notarlo.
Amelia tampoco.
El Electra continuó hacia la isla Howland, situada a 2,556 millas de distancia.
Howland era poco más que una franja de arena en mitad del Pacífico. Tenía apenas unos kilómetros de longitud y se elevaba solo tres metros sobre el nivel del mar.
Para encontrarla, Amelia dependía de sus instrumentos, de su navegante Fred Noonan y de las transmisiones del guardacostas estadounidense Itasca, que esperaba cerca de la isla para guiarla.
A la mañana siguiente, la voz de Amelia comenzó a escucharse en los altavoces del barco.
“Debemos estar sobre ustedes, pero no podemos verlos. El combustible se está agotando”.
Su señal era cada vez más intensa.
En determinado momento alcanzó el nivel máximo.
Eso significaba que el Electra debía encontrarse extremadamente cerca.
Los operadores del Itasca respondieron una y otra vez. Transmitieron instrucciones. Enviaron señales para que Amelia pudiera localizar su dirección.
Pero ella no contestó a ninguna de sus palabras.
Podía transmitir.
Podía ser escuchada.
Pero, aparentemente, no podía escuchar al barco.
Si la antena observada en la fotografía se había desprendido durante el despegue, Amelia había cruzado el Pacífico siendo capaz de hablar… pero parcialmente sorda.
A las 8:43 de la mañana comunicó que volaba siguiendo una línea de 157 a 337 grados.
Después, la radio quedó en silencio.
La explicación aceptada durante décadas fue sencilla: el Electra se quedó sin combustible, cayó al océano y descendió hacia una zona tan profunda que jamás podría recuperarse.
Pero la línea mencionada por Amelia abrió otra posibilidad.
La dirección de 157 grados atraviesa Howland.
Y si se prolonga hacia el sureste durante unas 350 millas náuticas, cruza directamente sobre un remoto anillo de coral conocido entonces como isla Gardner.
Hoy lo llamamos Nikumaroro.
En 1937 estaba deshabitado.
Tenía una laguna interior, una costa cubierta de vegetación y un arrecife suficientemente plano para que un avión pudiera intentar aterrizar durante la marea baja.
Tres meses después de la desaparición, un funcionario colonial británico de 25 años llamado Eric Bevington llegó a la isla para estudiar si podía ser habitada.
El 2 de julio de 1937, a las diez de la mañana, un joven empleado de una aerolínea levantó su cámara frente a la pista de Lae, en Nueva Guinea.
Su nombre era Alan Bourne.
Frente a él, un Lockheed Electra plateado comenzó a acelerar con tanta dificultad que durante algunos segundos pareció que nunca conseguiría abandonar el suelo.
El avión estaba cargado con una cantidad extraordinaria de combustible. Necesitaba volar más de cuatro mil kilómetros sobre el Pacífico y encontrar una isla tan pequeña que, desde el aire, podía confundirse con una línea blanca sobre el océano.
Bourne presionó el obturador.
Dentro de la cabina se encontraba Amelia Earhart, la aviadora más famosa del planeta.
Ya había recorrido alrededor de 22,000 millas en su intento por dar la vuelta al mundo. Solo faltaban 7,000.
El Electra consiguió elevarse pocos metros antes de que la pista terminara frente al mar.
Nadie lo sabía todavía, pero aquella sería la última fotografía clara del avión.
Y debajo de su fuselaje, oculta en un detalle que nadie observó durante más de seis décadas, podía encontrarse la primera explicación de lo que estaba a punto de ocurrir.
Amelia Earhart desaparecería al día siguiente.
Su cuerpo jamás sería encontrado.
Su avión tampoco.
La operación organizada para localizarla se convirtió en la búsqueda aérea y naval más grande y costosa emprendida por Estados Unidos hasta ese momento.
No encontró nada.
Pero el misterio no quedó únicamente en el océano.
También quedó atrapado dentro de varias fotografías.
Una antena que desaparece antes del despegue.
Una forma diminuta sobresaliendo de un arrecife.
Dos figuras inmóviles en un muelle japonés.
Y un objeto enterrado bajo el agua que aparece y desaparece con el paso de los años.
Por separado, ninguna imagen demuestra qué ocurrió.
Pero juntas cuentan una historia inquietante.
La historia de una mujer que quizá sobrevivió al aterrizaje… y murió esperando un rescate que pasó sobre ella sin verla.
Sesenta y dos años después del despegue, el especialista forense Jeff Glickman examinó la fotografía tomada por Bourne.
No buscaba el rostro de Amelia.
Observaba la parte inferior del Electra.
Allí debían aparecer dos pequeños mástiles correspondientes a las antenas de radio. Sin embargo, en la imagen final no había nada.
Una filmación del mismo despegue reveló algo todavía más extraño.
Cuando el avión comenzó a avanzar, los mástiles continuaban en su lugar.
Segundos después, cuando pasó frente a la cámara, habían desaparecido.
Al revisar la grabación cuadro por cuadro, los investigadores observaron una pequeña nube de polvo levantándose detrás del fuselaje.
Creen que en ese instante una de las antenas golpeó la pista y fue arrancada.
Nadie en tierra pareció notarlo.
Amelia tampoco.
El Electra continuó hacia la isla Howland, situada a 2,556 millas de distancia.
Howland era poco más que una franja de arena en mitad del Pacífico. Tenía apenas unos kilómetros de longitud y se elevaba solo tres metros sobre el nivel del mar.
Para encontrarla, Amelia dependía de sus instrumentos, de su navegante Fred Noonan y de las transmisiones del guardacostas estadounidense Itasca, que esperaba cerca de la isla para guiarla.
A la mañana siguiente, la voz de Amelia comenzó a escucharse en los altavoces del barco.
“Debemos estar sobre ustedes, pero no podemos verlos. El combustible se está agotando”.
Su señal era cada vez más intensa.
En determinado momento alcanzó el nivel máximo.
Eso significaba que el Electra debía encontrarse extremadamente cerca.
Los operadores del Itasca respondieron una y otra vez. Transmitieron instrucciones. Enviaron señales para que Amelia pudiera localizar su dirección.
Pero ella no contestó a ninguna de sus palabras.
Podía transmitir.
Podía ser escuchada.
Pero, aparentemente, no podía escuchar al barco.
Si la antena observada en la fotografía se había desprendido durante el despegue, Amelia había cruzado el Pacífico siendo capaz de hablar… pero parcialmente sorda.
A las 8:43 de la mañana comunicó que volaba siguiendo una línea de 157 a 337 grados.
Después, la radio quedó en silencio.
La explicación aceptada durante décadas fue sencilla: el Electra se quedó sin combustible, cayó al océano y descendió hacia una zona tan profunda que jamás podría recuperarse.
Pero la línea mencionada por Amelia abrió otra posibilidad.
La dirección de 157 grados atraviesa Howland.
Y si se prolonga hacia el sureste durante unas 350 millas náuticas, cruza directamente sobre un remoto anillo de coral conocido entonces como isla Gardner.
Hoy lo llamamos Nikumaroro.
En 1937 estaba deshabitado.
Tenía una laguna interior, una costa cubierta de vegetación y un arrecife suficientemente plano para que un avión pudiera intentar aterrizar durante la marea baja.
Tres meses después de la desaparición, un funcionario colonial británico de 25 años llamado Eric Bevington llegó a la isla para estudiar si podía ser habitada.