La envidia ha caído en un reduccionismo demasiado simplista: se la condena como si todo sentimiento de querer lo que otro tiene fuera necesariamente malo. Pero sentir envidia no determina todavía nuestra intención ni nuestra acción. Puedo mirar el éxito de otro y querer destruirlo para sentirme superior, o puedo reconocer que su éxito despertó en mí un deseo que me muestra algo que todavía quiero alcanzar. En el primer caso, la envidia destruye; en el segundo, puede convertirse en motor de crecimiento. Por eso, el problema no está simplemente en sentir envidia, sino en qué hacemos con ella. La misma fuerza que puede llevarme a querer quitarle al otro lo que tiene, también puede impulsarme a convertirme en alguien capaz de alcanzarlo por mí mismo.
Excelente pastor Mario Rondón, el pecado de satanás en el cielo fue por envidia, quería el puesto de Dios, la consecuencia la tercera parte de los Ángeles del cielo se perdieron. Y que podemos decir de los moradores de la tierra. 😢😢😢
La administración celebra y aprende del éxito ajeno sin sentirse inferior, mientras que la envidia se siente mal por el triunfo del otro y desea incluso quitarle lo que tiene.